sábado, 5 de mayo de 2012

El Aleph de Virginia

Mientras Sting cantaba ese tema único que es Fragilidad, yo leía nuevamente un pasaje de la monumental novela Las Olas, de Virginia Woolf, pensando en que si tan solo pusiéramos ese párrafo a flotar en el espacio, o si lo guardaramos en una cápsula de tiempo, seres de otros mundos o nuestros desapercibidos descendientes podrían entender, de manera magistral y con pocas palabras, lo que para nosotros significó el desamor.
Es como un Aleph este fragmento, toda la experiencia humana está allí. No en balde al Aleph solo se le puede ver, según Borges, en esa casa vieja, cuando se está tirado en el piso.  

Virginia Woolf pintada por Roger Fry

Pero si un día no vienes después del desayuno, si un día te sorprendo a través de algún espejo buscando otra mirada, si el teléfono suena y suena en tu habitación vacía, entonces, después de indecibles angustias, entonces —porque la locura del corazón humano no tiene límites— buscaré y encontraré otro tú como el tuyo. Entretanto, tratemos de abolir de un solo golpe el tic tac del tiempo. Acércate más.


Las Olas, 1931 
 


miércoles, 2 de mayo de 2012

Los dioses escuchan


No olvido mi primera visita a Gibara, la segunda ciudad amurallada de la isla, y cómo me impresionaron las casonas art decó, comodísimas, levantadas para las familias ricas del puerto más importante de todo el norte oriental a inicios del siglo que pasó. 

Interior
Sus vitrales francamente inmensos y restaurados por voluntad de Eusebio Leal daban, con fijeza, a un patio interior. Tampoco olvido la sorpresa de haber visto cómo es que un río (un río grande, de verdad) se une al mar. De niña me explicaron pero solo allí pude entenderlo. Ni olvidaré el estudio del pintor Cosme Proenza, lleno hasta el techo con los inmensos cuadros que levantaban sus propias paredes delante de las paredes. Allí vi el original de su mil veces reproducido lienzo Los dioses escuchan.
Volví este año a propósito del Festival de Cine Pobre y gracias a la gentileza de sus organizadores. No encontré las casas. No sé si fue mi torpeza o si el ciclón se las llevó como el viento a Remedios la Bella, adonde no las encontrarían ni los más altos pájaros de la memoria. Pero en la tarde declinante vi al interior de una casa infinitamente vieja una mujer infinitamente vieja que me miró sin ver. Y ahora sé que no voy a olvidarla como tampoco la forma amenazante en que la estatua de la antigua Plaza de Armas, réplica de la neoyorkina estatua de La Libertad, se recortaba el Domingo contra un cielo dividido por las sombras.
Allí la que no sabía que existían cuáqueros en Cuba se fotografió frente a una iglesia de cuáqueros.
La montaña conocida como Silla de Gibara fue la que hizo gritar "Tierra" a Rodrigo de Triana, el vigía de Colón, y su arena el sitio en que el Almirante dijo: "Es esta la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto" cuando al pisarla, pisó, definitivamente, a Cuba. Allí conocieron el tabaco de una vez y para siempre. De allí se llevó a los aborígenes que exhibiría luego. En 1983 llega el ferrocarril también. Y hoy, a lo lejos, un blanquísimo parque eólico luce totalmente irreal e inevitablemente recuerda a los molinos del Quijote.
Detalle de Los dioses escuchan
Allí la gente todavía no sospecha, y es amable; más bien, exquisita; y participa de la gran fiesta que dura una semana y cuando los fuegos se apagan también ellos se apagan, o se duermen a la espera... Quizás es la figura de Cosme que sopla un caracol quien deba despertarlas, o Descemer Bueno y Kelvis Ochoa cantando Quédate
 


martes, 1 de mayo de 2012

La Generosa

Santa Clara, ciudad circular como muchas de las que al interior de Cuba anidan en un parque, tiene algo que no tiene el resto. Si me preguntan qué es, yo diría que la soñó Marta Abreu de Estévez, La Generosa, una mujer que pareció salida de los cuentos, infinitamente rica, heroína romántica, patriota. Sus ideas de progreso y su cultura refinada, bebidas en Estados Unidos y Europa, cristalizaron en la donación de grandes sumas de dinero a las obras de caridad y a la independencia.
Mi ciudad, que es la ciudad de Marta

Al costo de 150 mil pesos vio levantarse a sus expensas el teatro La Caridad, cuyas ganancias sostenían al Asilo de Ancianos, que también le debía su fundación. La noche que inauguraron este magnífico teatro, los santaclareños tendieron una alfombra desde su casa hasta las puertas del teatro y hasta allí la acompañaron.  
Los niños negros aprovecharon la escuela Gran Cervantes, y los físicos el modernísimo instrumental conque dotó al Observatorio Astronómico Municipal. Los bomberos vieron edificarse su cuartel y para atender a los niños pobres se aprovecharon los instrumentales que donó al dispensario El Amparo. Junto a sus dos hermanas aportó el dinero que levantaría las escuelas San Pedro Nolasco y Santa Rosalía, a las que dieron los nombres de sus padres, también benefactores. 
En 1895, Marta Abreu dotó a Santa Clara de una planta eléctrica para el servicio público, y apiadada del áspero lavado de las mujeres a la orilla del río construyó cuatro lavaderos públicos para los que tomó como modelo uno que admiró en Suiza. También financió la construcción de la línea férrea desde Encrucijada hasta Santa Clara y la terminal de trenes, que aún existe.
Luego de la revolución del 24 de febrero de 1895, Marta y su esposo, el abogado matancero Luis Estévez y Romero, también filántropo y patriota, salieron de Cuba hacia Europa, donde solidaria con el destino de su país realizó una importantísima donación a la guerra organizada por Martí. Allí afirmó: "Mi última peseta es para la República, Y si hace falta más y se me acaba el dinero, venderé mis propiedades; y si se acaban también, mis prendas irán a la casa de venta. Y si fuera poco, nos iríamos a pedir limosna por ella. Y viviríamos felices porque lo haríamos por la libertad de Cuba". 
También se cuenta que firmaba sus confidencia bajo el nombre de Ignacio Agramonte. Y cuando se enteró de la caída de Maceo, el cable que le envió a Estrada Palma decía: "Diga si es cierta la desoladora noticia. cuente diez mil pesos. Adelante". Y abajo firmaba: Ignacio Agramonte. Máximo Gómez, por entonces ya Generalísmo, afirmó que Marta Abreu no merecía unos grados menores que los que él mismo ostentaba. 
Acompañado del júbilo de su pueblo, el matrimonio regresa a Santa Clara y Luis Estévez fue electo en 1902 vicepresidente de la República, cargo al que renunció ante los desmanes de Estrada Palma. 
La Generosa murió en París en enero de 1909 de una apendicitis. La operó el saguero Joaquín Albarrán, su amigo íntimo y uno de los más reputados médicos de la época, pero no logró salvarla.Un mes después su esposo, al que los padres de ella acusaron de casarse por interés, incapaz de sobrevivirla se quita la vida. Sus restos son traídos por expresa voluntad de ambos a Cuba, y hoy duermen en la necrópolis de Colón.
Desde 1924, el Parque Vidal la ve emplazada en bronce en uno de sus más íntimos parajes. Y yo, a la sombra majestuosa del Caridad, he visto pasar mis más hermosos días. Quizás porque sentarse a la sombra del Caridad es sentarme a su sombra. 




Esta es ella.

Si yo pudiera elegir, la elegiría a ella.  





No habrá música. No escuches esta noche otro sonido que el del tiempo que pasa.

 

La vida en otra parte

De mi librillo de poemas La vida en otra parte les dejo un pequeño regalo. Les llega envuelto en la foto inquietante de mi amigo Cristian, y bajo el cielo ominoso de la interpretación del contratenor alemán Klaus Nomi, que por su voz y su aspecto también parecía venido de otra parte. Aquí se puede descargar también este sobrecogedor tema que se titula The cold song

Buenas noches, mundo.




 

La vida en otra parte


Mientras ando y llovizna
pienso la vida que no viviré en este sitio
ni en otro,
la vida que guardada he perdido
atesaorada en balde como ciertas monedas en desuso.
Siempre
en algunas calles de la Habana y Santa Clara
pienso lo mismo:
un cuento de Borges 
que trata de un jardín y sus bifurcaciones
y creo para mí
mientras ando la calle donde evito comer 
decir mi nombre  
para que nada quede ni se vaya conmigo.
Detrás de cualquier puerta
otra yo está haciendo cosas
que no puedo aceptar tranquilamente.

Tú eres la música que tengo que cantar

¿De dónde salió Ivette Cepeda? Dicen que era maestra y no me extraña porque en cada interpretación es como si te explicara todas las cosas que ya creías saber, como si te dijera que las canciones que tenías cansadas son completamente nuevas. Solo que estabas dormida, solo que no te dabas cuenta.

Ivette Cepeda, para quienes no la han visto...


Tan sobria como tan cálida. Todo lo que uno necesitaba. Todo lo que necesita ahora mismo la canción cubana. Sin muchos afeites, simplemente directo al corazón. La vi una tarde en el Pabellón Cuba, y su voz se hizo cargo de aquella multitud. Yo estuve en ese todo sintiéndome única. Arropada por la belleza, agradecida de aquella simpatía, aquel encanto, fueran también para mí.
Del excelente compositor cubano Toni Pinelli, cantado por Pablo y vuelto a coser, sílaba a sílaba por Ivette Cepeda, es este antológico tema que últimamente me acompaña y dice así:

Tú eres la música que tengo que cantar


                                                                             Tony Pinelli

Sé que hace tiempo te buscaba el nombre
y así despacio sin hacerme daño
fuiste una luz iluminando a un hombre
que anduvo a oscuras todos estos años.
Qué buscarás en mí que ya no tengas
y no me hablen de paz ni de cordura
porque mi paz y toda mi experiencia
me las hiere de muerte tu figura

Por eso yo, quiero llenarte de color tu intimidad,
pintar de risa tu impresión de soledad,
irte cantando por el mar y la ciudad.
Tú te pareces tanto a la felicidad
que en ese ritmo tan difícil de lograr,
en los matices que no hay que retocar,
en la belleza del arte más natural...
Tú eres la música que tengo que cantar.

Lo que yo siento quisiera decirlo
un día de julio en medio de la plaza,
oír tu nombre por los altavoces,
sentirlo rebotar de casa en casa.
Y aquí me tienes tarareando un sueño,
cazando estrellas por la madrugada,
pupila alerta, guardando un silencio
para irme a refugiarme en tu mirada.

Y si usted no teme virarse al revés, pinche este enlace donde, acompañada de una formidable orquestación, Ivette Cepeda canta a Toni Pinelli

Y aguántese.

La primera máquina de escribir

Primera máquina de escribir, la máquina de Sholes



Christopher Lathan Sholes (1819 - 1890) de nacionalidad estadounidense, diseñó la primera máquina de escribir comercial y el teclado QWERTY que se usan en la actualidad. Tras haber patentado una máquina de contar billetes convirtió su aparato en una máquina de escribir. En 1872 vendió la patente de su máquina por 12.000 dólares a Densmore and Yost, que llegó a un acuerdo con E. Remington and Sons (que por aquel entonces eran fabricantes de máquinas de coser) para comercializar la que fue conocida como «Máquina de escribir Sholes and Glidden». Remington empezó la producción de su primera máquina de escribir en 1873 en Nueva York.
Sholes continuó trabajando en nuevos desarrollos para la máquina de escribir durante la década de los sesenta, entre los logros obtenidos se encuentran el teclado QWERTY en y el desarrollo del mecanismo que traslada el golpe al tipo que ha de imprimirse, inspirado en el funcionamiento de las teclas del piano. También desarrolló el rodillo sobre el que se sitúa el papel, un contrapeso para que el rodillo y el papel se fueran desplazando, la palanca para cambiar de línea y el espaciador.