viernes, 14 de septiembre de 2012

Si os parece, queredlas cual las hacéis...



La Poesía x Alphonse Mucha.

Este es la reseña que la escritora, crítica y promotora cultural Yanelys Encinosa publicó sobre una de las últimas antologías que se han hecho con jóvenes poetas de la isla. En este caso, la selección recayó sobre las poetisas (palabra que no me gusta); y uno de sus antologadores, mi querido amigo Noël Castillo, sostiene con toda su autoridad y pasión (ambas bien grandes) que estás 21 voces son imprescindibles si se habla de la poesía cubana de este naciente y espantoso siglo, que uno intenta hacer más habitable a fuerza de palabras. 
Sin más los dejo con Yanelys, que dice:

XXI razones para quererlas. (Aproximaciones a la más joven poesía femenina cubana, desde la antología Queredlas cual las hacéis. XXI poetisas cubanas del siglo XXI).

El verso se desnuda sobre el cuerpo de la Isla. Entreteje los contornos. Aúna los fluidos la nutricia vena de la juventud. La feminidad se desdobla en fibras diversas, en las de antaño y las de los nuevos tiempos. Queredlas cual las hacéis. XXI jóvenes poetisas cubanas del siglo XXI vienen a hacer una voz con la variedad de sus tonos. Gracilidad, aspereza, serenidad, desconcierto, conciertan este coro múltiple y unitario, voz orgánica y plural de la más nueva poesía escrita por mujeres en nuestro país.
Noel Castillo González y Maylén Domínguez Mondeja, en esta antología publicada en el año 2007 por la Casa Editora Abril, han colectado un muestrario poético de la mayor parte del territorio nacional, cualidad que aporta tanto a la configuración del mapa escritural cubano, como a la promoción y difusión de la obra de autores de provincia, todavía desfavorecidos en los espacios literarios del patio. Sólo algunas lagunas resienten el tapiz: la ausencia de nombres de La Habana, Isla de la Juventud, Ciego de Ávila, Santiago de Cuba y Granma, hecho que podría cuestionar la presencia en estas regiones de altas voces femeninas; o que denunciaría un deficiente trabajo publicitario y la carencia de espacios para la divulgación de obras de resiente factura, producidas por jóvenes autoras locales que merecerían alcanzar renombre a escala nacional. Sin sumar a ello lo que la inevitable subjetividad de los antologadores –sus lecturas y preferencias- incide en todo proceso de selección, cuanto más la fragilidad de una línea divisoria maleable, resbaladiza, indómita, por la inmediatez del suceso, tendiente a necesarias reformulaciones.
Se ofrece, sin embargo, un admirable tejido, de texturas diversas y contrastantes matices. La antología logra ser representativa de las distintas líneas ideo-estéticas y temáticas que vertebran el concierto poético de la Isla a principios de siglo; y alista el tablero para posibles sistematizaciones de época o estudios generacionales.
Adentrándonos en una revisión formal, asalta la preponderancia del verso libre, que en escasos ejemplos convive con la métrica tradicional hacia el interior de una muestra individual o de un solo poema. Déborah García Morales exhibe un soneto -endecasilábico, con apertura y cierre de alejandrinos, de rima consonante- apegado al Neorromanticismo, junto con piezas de verso libre en las que el tono conversacional aporta intimismo y corporeidad a lo emotivo amoroso. En tanto, Katia Gutiérrez alterna la rima consonante con el verso libre en una misma pieza, con libertad métrica y estrófica, y recurre al tono conversacional como vestidura de un discurso reflexivo, por momentos metafísico. Con la salvedad de estas alusiones, el dominio del versolibrismo es aplastante. La inclinación recurrente hacia la libertad métrica de la Vanguardia aduce la necesidad de soltura expresiva, dato que en la mujer podría embargar connotaciones de interés sociológico para los estudios de género; teniendo en cuenta que los cultivadores de las formas clásicas en las últimas promociones son en su mayoría hombres (Alberto Serret, Virgilio López Lemus, Roberto Manzano, José Luis Serrano, Jesús David Curbelo); mientras que las poetisas jóvenes, según muestra esta antología y otras recientes, prefieren la libertad métrica -llevada incluso al extremo de la prosa, por Kenia Leyva Hidalgo-, búsqueda emancipatoria que puede superar los marcos de la finalidad estética y alcanzar el interés ideológico de desatar, descomponer, transgredir límites y cánones, romper las junturas que someten pensamiento y sentimiento al dominio del metro, como ha de destrozarse la medida, la enquistada compostura que a la mujer se le ha impuesto por fatídica herencia patriarcal a lo largo de siglos.
La culturista Lisa Lyon vista x Robert Maplethorpe
Se incluyen aquí XXI poetisas nacidas entre 1971 y 1984, es decir, de edades comprendidas entre los 35 y los 23 años hasta el momento de cierre de la selección - recuérdese que el libro fue publicado en el 2007-. Ninguna de ellas nació antes de 1970: ninguna vio a los Barbudos bajar de la Sierra, ni vivió la primera década de efervescencia revolucionaria. Acaso ninguna luciera su uniforme escolar con el mismo ardor de sus padres. Los más altos acontecimientos de la historia patria estaban para ellas más distantes en el tiempo. La historia de la que participaban era la de la vida cotidiana, la de mantener las conquistas. La dura ruptura del Campo Socialista y el crudo Período Especial les llegó a las mayores en la adolescencia, edad de turbulencias y por antonomasia de adolecer, doblemente por la circunstancias; las más jóvenes, inocentes niñas, les tocó no comprender lo que ocurría, apenas compartir la perplejidad de sus padres. La eclosión poética de estas muchachas se avalancha en un período de más calma, de reacomodos, luego de salvar las grandes crisis, cuando el país emergía del naufragio y ellas mismas florecían a la juventud. Esta realidad condicionará preocupaciones e intereses que articularán la materia de sus versos y las distinguirán de otras promociones.
Se despliega entonces, un glosario de temas basto, unos universales, arraigados a nuestra tradición, con frescas tonalidades, otros de reciente incursión en las letras cubanas, con una novedad matizada por la recuperación de los clásicos.
El ancestral amor de pareja pervive en diversas formas: la añoranza del amor perdido en la poesía de Irina Ojeda Becerra, y en la de Déborah García Morales, a quien alimenta ciertos aires de Luisa Pérez de Zambrana; el suave lirismo amatorio, nostálgico, de Kenia Leyva Hidalgo; la ruptura marital (“la brusca transición de un marido a otro”) o la indiferencia del esposo, que Gleyvis Coro Montanet asume con cruda ironía, sarcástica y sin dramatismos, aportando frescura a la temática; el amor adolescente, el erotismo lírico, apegado a la abigarrada condición de amante-hembra-madre, que confiere atractiva singularidad a la obra de Aymara Aymerich.
El tema homo-erótico, que sólo había aparecido sutil en Poveda y Ballagas y había alcanzado mayor representatividad hacia fines del siglo pasado en la poesía escrita por hombres, viene a insertarse al entramado de esta promoción de inicios de siglo, con el advenimiento catártico y desembarazado del discurso lésbico. La novedad del tema es matizada por los guiños culturalistas, de profunda raíz en nuestra literatura, como la recuperación intertextual que emplea Marilín Roque del referente sáfico, “mujer de Lesbos”, por la doble condición de poetisa insular, más aún por la ambigüedad sexual que algunos han deducido de ciertas traducciones y de la concepción erótica griega.
Esa inclinación culturalista o coqueteo intertextual con personajes de la literatura, el arte y la historia universales, fue rescatado de la tradición prerrevolucionaria por una zona de la poesía de fines de los años 80’ y de la década del 90’: Roberto Méndez Martínez, Raúl Hernández Novás, José Pérez Olivares, Jesús David Curbelo, entre otros, han cultivado esa línea.
Alice Liddel y sus hermanas vistas x Lewis Carroll
Los poetas que irrumpen en las letras con la nueva centuria, heredan de sus predecesores, también aquella vertiente. Aparece el gusto por reflejar la relación del individuo con el hecho artístico, en “Mujer con caracola”, donde Teresa Fornaris, con exquisita sensibilidad femenina descubre su sorpresa ante un cuadro de Fabelo. El referente clásico como alegoría política -uso éste asentado en nuestra tradición literaria desde el siglo XIX1- se nos ofrece en “Conversación de Calígula con Claudio”, de Kenia Leyva Hidalgo. Es más frecuente el empleo de un personaje de la cultura universal que sirva de analogía o vestidura simbólica para el sujeto lírico o su destinatario poético: aquí la Safo de Marilín Roque, aludida antes; la Helena de Isaily Pérez, para magnificar a la destinataria, superponiendo sobre ella a la legendaria bella por antonomasia, en una relectura contemporánea del mito; o el viejo soñador de la torre del Dux, que toma cuerpo en el sondeo existencial de Clara Lecuona Varela (“Manuscrito hallado bajo una ventana de Bohemia”). No falta la intertextualidad con el motivo poético, como los ojos feroces que mueven a Aymara Aymerich a las “Frases extensas para Alejandra Pizarnik”. Hacia el final del libro, la antologada más joven, Legna Rodríguez Iglesias aporta novedad a esta línea, pues se aleja de las finalidades culturalistas más usadas otorgándole a la cita de elementos griegos (“El triángulo de Anaximandro”), judeocristianos y del arte contemporáneo (“Las Voces”) un componente lúdico-onírico-agresivo-desacralizador, en suma transgresor, que pretende confrontar el gusto canónico, subvertir preceptos estéticos anteriores. 
El interés por el individuo, su experiencia íntima y su preocupación existencial, había despertado hacia los 80’ del letargo coloquialista, demasiado sumido en la vorágine social de la vida revolucionaria. En el umbral del nuevo milenio la búsqueda existencial pervive como sólida temática dentro de la multiplicidad. Así lo evidencia este libro que abre sus páginas con la poesía de Nuvia Estévez: marcada por el drama íntimo experimenta una disección visceral que sacude los vórtices de un doliente pesimismo, sanguíneo, violento hacia su más profunda incertidumbre de superviviencia. La frustración, la crisis vital, emerge también del discurso de Marilín Roque. Maylén Domínguez Mondeja se cuestiona la pertinencia de actos pasados, e indaga sobre su suerte futura: qué salto puede ahora curarme del delirio. Lisy García Valdés destila pesimismo, angustia, cansancio por la soledad, la ausencia crónica de Dios y del retrato de un buen hombre en las paredes. Lariza Fuentes López comparte el mismo padecimiento: ese abandono, esa resistencia de Dios a su silencio, esa desolada eternidad, y viste su discurso de nostálgico lirismo metafísico, de acendrado trabajo con la metáfora, la alegoría, la intertextualidad bíblica. Naírys Fernández Hernández también se ahoga, con un extraño gesto de perplejidad, en la espera casi húmeda, como una casa deshabitada, de ese guerrero suyo. Dolor, desolación, parecen ser aflicciones comunes a gran número de ellas. 
Como puede observarse, algo las distancia de sus hermanos mayores. Si el drama existencial que volcó a los jóvenes de los 90’ sobre el individuo, estaba marcado en su raíz más profunda por la apabullante e inexcusable crisis socio-económica del país (caída del Campo Socialista → Período Especial), que lanzó a los jóvenes de aquellos duros años a la atrocidad del hambre, al paroxismo del viaje o a un desesperado enclaustramiento en la poesía; las entonces niñas, adolescentes, encubrieron con su inocencia aquellos pudores, y se ocupan ahora de otras miserias, menos circunstanciales, más universales hacia la esencia de su sexo: el hambre de hombre, igual de humanos: la muerte, la ausencia, la soledad. Aquellos marcaron la carne de su verso con el nombre de Cuba; con sus instintos y carencias doblados sobre la inmediata realidad sellaron sus propios nombres. Éstas no se agolpan por rubricar una instancia nacional que las distinga o las mueva a la renuncia, siquiera titular su nombre en alguna dinastía perdurable; se apegan a preocupaciones globales, comunes a todo ser humano, cuanto más a las cósmicas insistencias de su género.
No falta el hilo que las trence a sus predecesores. Alguna recuerda aún, la desgracia familiar del naufragio: Yanira Marimón Rodríguez, con la desaparición del hermano en la obsesión por el mar, y Anisley Miraz LLadoza, cuyo hermano mayor ha extraviado el camino, regresan el tema del exilio, tan apremiante en aquellos; pero con una ternura melancólica, fraterna, más cercana al César Vallejo de “A mi hermano Miguel” en la sensación de pérdida y en la recuperación del episodio infantil, que al Osvado Sánchez de “Declaración política familiar”, quien mató a la hermana con un golpe de patria ahí en la puerta porque cómo iba a romper nuestro corazón de cinco puntas / cruzando el agua.

Uno de los desnudos de Egon Schiele

El tema familiar se nos presenta en disímiles facetas y se imbrica a otros también frecuentes en nuestra literatura como el del exilio – ya perpetuado desde Heredia y Avellaneda en el siglo XIX y ejemplificado antes- o el de la intimidad de los pequeños pueblos – que caracterizó a Alex Pausides hacia fines de la pasada centuria-. El hogar provinciano, sus tradiciones, creencias, el regodeo en el paisaje agreste cubano aproxima a Yolanda F. Rodríguez Toledo como a Roberto Manzano, cultivador de la llamada poesía de la tierra; el cuidado en el lenguaje, el juego con la imagen, la adjetivación, el colorido, la palabra florida y abundante, la alinean a la estética inspiradora de aquel; mas la distingue una fragmentación discursiva, un tono por momentos dramatúrgico-narrativo, y esa oscuridad que envuelve a sus fantasmas, la tristeza por sus muertos. Maylén Domínguez Mondeja también retoma la memoria del hogar, las palabras del abuelo, pero su motivo es la renuncia; claudica a la docilidad de estirpe; pues la joven de provincia guarda más altos sueños que los de un jardín que sólo causa tedio, / incurable deseo de escapar. A diferencia de ésta, para Annia Alejo Laborit la lejanía de su familia que vivió tierra adentro / y no conocía las utilidades del océano promueve una añorada vuelta a la semilla, pues toda tristeza actual es el olvido / del acorde primero; poesía reflexiva, filosófica a veces, escatológica, casi apocalíptica otras, hacia el vértice de sus tormentas.
Con una manera particular de lo doméstico sacude al lector Gleyvis Coro Montanet: una suerte de divertimento, de bofetada impúdica a todo dramatismo y al cinismo que entraña la incomunicación marital. Algo de temperamento, de hembrismo desembarazado y la coloquialidad ironizante de su discurso me recuerdan a cierta Carilda; pero desligada de manías románticas y utopías sentimentales, impelida por el más liberal fuero postmoderno y esa idea de progreso de la generación favorecida / por el imperialismo de las latas de conserva.
La búsqueda metafísica de la Trascendencia2 parece sosegarse en estas muchachas, declinarse acaso en un pesimismo que las agota y les mutila la fe. Dios, el Señor, el Maestro, es para algunas el destinatario lírico, pero la palabra es más queja que ruego, imputación en lugar de alabanza. La demora de la solución divina que mueve a Lisy García Valdés a la renuncia: Dios, ya no vengas / la espada ha caído; la visión de Katia Gutiérrez del Dios castigador que reduce la existencia al pergamino que es la tierra, y esa mirada escéptica de Anisley Miraz Lladoza, harta de las trampas que le designa Dios; se confabulan como presagio de época: el primado de la desesperanza, de la distancia divina, y humana, en la era expansiva de los mercados y ciberespacios (demasiado espacio para la soledad). Más cercanas están al Vallejo de “Los dados eternos” y “Espergesia”, que a la confianza salvífica de Orígenes y sus seguidores.
También importa la polémica, la confrontación generacional, deslindar las suertes de los que llegan nuevos a los sitios donde una puerta / a más / ha sido clausurada (Teresa Fornaris), compadecer en su soledad al poeta que me juzga, que ha leído con escepticismo mi cuaderno y habrá pensado: “pobre muchacha de provincia” (Yanira Marimón).
Estas mujeres, mayoritariamente,3 asumen su sexualidad con auténtico sentido de perte(i)nencia. La carnalidad aparece a veces suavizada de lirismo, otras se exhibe sin recatos, con el fresco desembarazo del nuevo milenio. Para Nuvia Estévez puede ser un cuchillo lo que gotea su vientre, y entre lo que hace vivir al trueno hacia la superficie de su sangre, su vuelva negra ocupa un lugar de primer orden. Teresa Fornaris conjura la feminidad con sensible apego al hecho artístico: en “Mujer con caracola” el seno firme advierte sus perfiles; mientras en “Semejanza” la imagen de una araña en la pared analoga la avidez de su sexo, pues también ella se fricciona entre las grietas en busca del infinito erótico armándose en la penumbra de cada movimiento. Lisy García Valdés posada sobre el cristal abre las piernas / se reconoce mujer, pero halla torpe su reflejo, pues resiente la soledad de la entrega vacía: desde el fondo colgaban cuerpos / ellos tiraban de mis piernas / lanzaban aullidos terribles / fui entonces una ciudad desierta. Para Katia Gutiérrez el contacto físico conserva cierta sublimidad que conjuga cuerpo y espíritu: desnudo, / tu cuerpo se define, / salva lo justo en cada territorio / así es que llego a un roce de tu piel, así alcanzo otro sentido de la sabiduría. Kenia Leyva Hidalgo opta por la metáfora para sugerir el encuentro amoroso: yo seguía con una tristeza antiquísima / y un velero pretendiendo hinchar sus velas / en mi vientre. Aymara Aymerich se desnuda sin pudores ante el joven amante: mi hermano adolescente y limpio / (…) me lava la piel que lo alimenta / la piel que lo descuera / carne entre la carne / (…) también las piernas mías que le abro como siempre le abrí mi corazón.
En las formas se dilata la madeja. Una enarbola la tropología y engalana la palabra; otra la despoja de artilugios para desnudar su materia, su temblor, su fiereza. Se transita del surrealismo lírico filosófico-existencial de Nuvia Estévez hasta la sui-géneris hibridez de Legna Rodríguez, entre surrealismo y grotesco, onírico sarcasmo y rabelaisiana impudicia, especie de procaz juguete postmoderno. Liudmila Quincoses intuye la palabra como arteria de sus sensaciones: azul, violeta, rojo, humedad, anchura, frío…sensorialidad de la palabra; construye un imaginario poético, transido sutilmente de insularidad (agua, barca, orilla, ahogados…) para desde él sugerir, contemplarse niña sepultada en la caja de agua o retener en la memoria esas manos agitadas en señal de despedida. Katia Gutiérrez, Lariza Fuentes, Naírys Fernández, Annia Alejo, se apertrechan de imágenes, alegorías y de cierta intelectivización y/o emocionalidad de la palabra. Otras narran desde el verso (Yanira Marimón, Gleyvis Coro, Isaily Pérez, Anisley Miraz), o (se) interrogan (Maylén Domínguez, Aymara Aymerich, Irina Ojeda) sobre sus más viscerales cocientes.
XXI jóvenes poetisas alcanzan a ilustrar el estado actual de nuestra más nueva poesía: estancia amplia, reciclable y renovante, prolífica en multiplicidad de inclinaciones formales y temáticas, convergencia y convivencia dúctiles, planetarias, mas sin amansamientos grupales, ni actitud de racimos, ni liderazgos. Entones, quererlas cual (se) las hacé(n)is. Pues no las comunica vocación alguna de uniformarse, de armarse cofradías. Las unifica la directriz de formarse una, de encofrar sus días, de a(r)marse cual se han hecho cada una a sí mismas.

Yanelys Encinosa Cabrera , 4 de febrero de 2009

Y otra de las deliciosas obras de Audrey Kawasaki