sábado, 2 de junio de 2012

¿Fernando Pessoa? ¿Fernando persona? ¿Fernando nadie?

Le debía una entrada en mi blog a uno de los dioses de las letras contemporáneas: el portugués Fernando Pessoa, un hombre que parecía de lo más común y era, en realidad, rarísimo.
Pessoa (apellido que curiosamente en portugués significa persona a la vez que nadie) se desdobló en muchos hombres. Sus más de setenta heterónimos tuvieron personalidades propias, bien distintas de la suya, y tres de ellos sobresalen del resto por su escritura formidable.

El más común de los hombres

Como heterónimo se conoce a un autor ficticio del cual se vale un autor real, el llamado ortónimo, para crear una obra literaria paralela o distinta de la suya. O sea: Pessoa era el ortónimo (el autor real, un ser de carne y hueso) y tuvo tres heterónimos (autores creados por él) muy importantes:
Alberto Caeiro, un campesino sin instrucción que paradójicamente es considerado el maestro entre los heterónimos. Era un poeta-filósofo que predicaba la "no filosofía". Creía que los seres simplemente son, y evitaba hacer lecturas simbólicas de las cosas. Fue el único que no escribió en prosa pues decía que solo la poesía podía dar explicar o al menos acercarse a la realidad. Su lenguaje poético era senciilo y directo pero muy reflexivo. Su esencia está en este verso suyo: "Hay suficiente metafísica en no pensar nada".
Le siguó en importancia Álvaro de Campos, que fue el único en quien pudieron apreciarse distintas facetas como poeta e incluso una evolución estilística. Era un ingeniero homosexual que se sintió siempre  extranjero en cualquier sitio. Este heterónimo de Pessoa fue el que escribió esa joya que les dejaré de regalo (uno de ellos, porque les tengo otro), el poema "Tabaquería", considerado de los mejores y más influyentes que se hayan escrito en portugués.
Y, por último está Ricardo Reis, del cual se apropió el Premio Nobel José Saramago para su novela El año de la muerte de Ricardo Reis. En el libro, este heterónimo de Pessoa se encuentra cara a cara con su creador, cosa imposible pero deliciosa de imaginar, y además le sobrevive. Ricardo Reis está enamorado de la herencia clásica en la literatura de occidente, y todo el tiempo se preocupa por el final inevitable de todo lo vivo.
En su lecho de muerte Pessoa llamaba a sus heterónimos.

  Desde niño tuve la tendencia a crear en torno a mí un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron. No sé si realmente no existieron o soy yo el que no existo.

Me parece muy gracioso que los heterónimos publicaran críticas de la obra de Pessoa, considerado el poeta portugués más importante del siglo XX. El enminente crítico Harold Bloom va más allá y lo define, junto a Pablo Neruda, como el más representativo poeta de su siglo.
Pessoa se ganaba la vida como traductor de inglés; y se dice que pensaba en inglés pero no me imagino cómo se puede escribir en una lengua que no es la lengua en que se piensa el mundo.


Estatua de Pessoa en el Café que frecuentaba en Lisboa

Bebía diariamente, de hecho muere a consecuencia de su adicción a los 47 años. Frecuentaba el Café A brasileira, uno de los más populares de Lisboa, y allí le levantaron esta preciosa estatua junto a la que me encantaría sentarme alguna vez. La silla a su izquierda sirve para que gente como nosotros se tome fotos que luego compartirá en Facebook o en sus blogs.
Aquí les dejo "Tabaquería", oro de 24 kilates que fluyó de la pluma de Álvaro de Campos, quien a su vez salió de la pluma de Fernando Pessoa.

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, 
¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta 
al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era 
y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta
y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos
y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero 
como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia 
de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería
(¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adios con la mano, le he gritado ¡Adios, Esteves!,
y el Universo se me reconstruye sin ideales ni esperanza,
y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.


Ahora escuchen a Chico Buarque, el cantante y compositor brasileño que se puede medir cara a cara con Pessoa o cualquiera de sus heterónimos si canta Construcción. Esta canción de la angustia, de la alienación del ser humano moderno, es una síntesis perfecta de letra y música porque la inquietante historia que va contando en bucles se apoya en una música que va in crescendo hacia un final inimaginable.
Chico Buarque escribió este temazo con menos de treinta años. Cómo siendo tan joven pudo tener esa sabiduría de la vida y de la música yo no lo sé.

Chico Buarque, chico hermoso

Buenas noches. No se olviden de apagar la luz...