miércoles, 16 de mayo de 2012

Las musas inquietantes


El inicio, que prefiero situar en el momento en que podemos documentarlas con algún testimonio gráfico, estuvo en Julia Prinsep Jackson (1846-1895), una de las mujeres más hermosas de su época. De padres ingleses, había nacido en la India, y era tan impresionante que el mejor de los pintores prerrafaelistas, Edward Burne-Jones visitante asiduo de su casa, donde se nucleaba un círculo cultural de primera—, la empleó como modelo en varios de sus lienzos. Julia fue nada más y nada menos que la madre de Virginia Woolf. De ella heredó la escritora una belleza que hizo escribir a su futuro esposo, el teórico político, editor y también escritor Leonard Woolf:
Con sus vestidos blancos y sus grandes sombreros, las sombrillas en la mano, su belleza dejaba literalmente sin aliento, ya que la verlas uno quedaba súbitamente asombrado y todo se detenía por espacio de un segundo, incluso la respiración, como sucede al encontrarnos de pronto, en un museo, frente a un Rembrandt o a un Velázquez
Leonard hablaba en plural porque no solo se refería a Virginia: su hermana Vanessa también padecía del mal familiar y quienes las conocieron refieren que eran prácticamente intercambiables, en lo que a exterior se refiere, por supuesto.
A diferencia de su madre, Virginia Woolf sentía aversión a ser pintada o fotografiada, e incluso evitaba los espejos. Vanessa, que fue una pintora e interiorista notable, le hizo varios retratos. Aquí vemos repetido su rostro ausente, que supongo obedece a la incomodidad de la Woolf con su impresionante físico.

Virginia Woolf vista por Vanessa Bell







Miren de nuevo, que vista hace fe:

Virginia Woolf  vista por Vanessa Bell


Pero volvamos a Julia, que encarna a la princesa Sabra en el cuadro La princesa Sabra llevada frente al dragón, pintado por Edward Burne-Jones en 1866. 


Notemos el parecido que guarda con sus hijas:


Y aquí la cabeza de Julia descansa sobre el cuerpo de la Virgen María en La Anunciación, también de la paleta de Burne-Jones, óleo pintado en 1879.
La Anunciación

Julia no solo modeló para este pintor sino también para Julia Cameron, su tía, una de las primeras fotógrafas que registra la historia, quien aprendió de Lewis Carroll, el creador de Alicia en el País de las Maravillas, los secretos del naciente arte. Julia, que de nacimiento era Princep, luego fue Duckworth y finalmente Stephen, cuando se casa con sir Leslie Stephe, el padre de Virginia, un victoriano célebre. Se dice que descendía de una camarera de la reina María Antonieta, y estos genes avanzaron mucho.Y si no juzguen ustedes mismos:
Así lucía Angélica Bell (Garnett por casamiento), que murió el 4 de mayo de este año, hija de Vanessa y sobrina de Virginia, cuando siendo una niña modeló como Sasha, la princesa rusa de quien Orlando, protagonista de la inmensa novela escrita por su tía, se pasa enamorado(a) la nadería de 400 años.


Angelica Bell como Sasha, la princesa rusa


Y así lucía hace relativamente poco tiempo.

Angélica Bell, sobrina de Virginia Woolf
Bellas de niñas, jóvenes bellas, bellas en la muerte... Tengo entendido que es una de las hijas de Angélica Bell, la escritora Henrietta Garnett, quien custodia el legado familiar. Si también custodia la belleza juzguénlo ustedes mismos, porque hay opiniones encontradas. Por mi parte creo que esa estructura ósea y ese misterio nunca se echarán a perder.

Henrietta Garnett, sobrina - nieta de Virginia Woolf
Si quieren escuchar algo, los que me leen fuera de Cuba pueden oir la voz de Virginia Woolf, que se registra aquí en 1927 por la BBC, por primera y única vez. Parece que existen dos grabaciones anteriores de su voz, pero no se encuentran. Esta que comparto con ustedes dura 7 minutos y recoge la parte final de un programa de radio. Words fails me que también se puede traducir como "no encuentro palabras" o "las palabras me fallan" es justamente eso: un elogio de las palabras. 
Pasé mucho tiempo queriendo abrir este archivo, que entiendo como un gran tesoro, y fue hace muy poco que logré hacerlo. De todos modos, para mí siempre estuvieron sus palabras.