miércoles, 2 de mayo de 2012

Los dioses escuchan


No olvido mi primera visita a Gibara, la segunda ciudad amurallada de la isla, y cómo me impresionaron las casonas art decó, comodísimas, levantadas para las familias ricas del puerto más importante de todo el norte oriental a inicios del siglo que pasó. 

Interior
Sus vitrales francamente inmensos y restaurados por voluntad de Eusebio Leal daban, con fijeza, a un patio interior. Tampoco olvido la sorpresa de haber visto cómo es que un río (un río grande, de verdad) se une al mar. De niña me explicaron pero solo allí pude entenderlo. Ni olvidaré el estudio del pintor Cosme Proenza, lleno hasta el techo con los inmensos cuadros que levantaban sus propias paredes delante de las paredes. Allí vi el original de su mil veces reproducido lienzo Los dioses escuchan.
Volví este año a propósito del Festival de Cine Pobre y gracias a la gentileza de sus organizadores. No encontré las casas. No sé si fue mi torpeza o si el ciclón se las llevó como el viento a Remedios la Bella, adonde no las encontrarían ni los más altos pájaros de la memoria. Pero en la tarde declinante vi al interior de una casa infinitamente vieja una mujer infinitamente vieja que me miró sin ver. Y ahora sé que no voy a olvidarla como tampoco la forma amenazante en que la estatua de la antigua Plaza de Armas, réplica de la neoyorkina estatua de La Libertad, se recortaba el Domingo contra un cielo dividido por las sombras.
Allí la que no sabía que existían cuáqueros en Cuba se fotografió frente a una iglesia de cuáqueros.
La montaña conocida como Silla de Gibara fue la que hizo gritar "Tierra" a Rodrigo de Triana, el vigía de Colón, y su arena el sitio en que el Almirante dijo: "Es esta la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto" cuando al pisarla, pisó, definitivamente, a Cuba. Allí conocieron el tabaco de una vez y para siempre. De allí se llevó a los aborígenes que exhibiría luego. En 1983 llega el ferrocarril también. Y hoy, a lo lejos, un blanquísimo parque eólico luce totalmente irreal e inevitablemente recuerda a los molinos del Quijote.
Detalle de Los dioses escuchan
Allí la gente todavía no sospecha, y es amable; más bien, exquisita; y participa de la gran fiesta que dura una semana y cuando los fuegos se apagan también ellos se apagan, o se duermen a la espera... Quizás es la figura de Cosme que sopla un caracol quien deba despertarlas, o Descemer Bueno y Kelvis Ochoa cantando Quédate