viernes, 18 de mayo de 2012

Cortesía de Alfredo Zaldívar

 

Página para presentar La vida en otra parte, de Isaily Pérez o página para presentar a Isaily Pérez, la dama del almendro


La Habana, la ilusión que es La Habana, la dura realidad que es, a veces teatral –polvo de teatro–, a veces set de la peor telenovela, a veces pantalla de cinematógrafo, es esa otra parte por la que Isaily Pérez despliega su tela para describir un paisaje ajeno y propio, al que no puede adscribirse, del que no puede renegar. La Habana, metáfora de esos espacios de representación que como arena movediza, nunca llegan a la fijeza. La Habana, personaje y hábitab que se repliega, que borra las lindes para ser uno y otro, o dos a la vez.
Esto empiezo a ver en el libro breve y bueno, o sea, dos veces bueno, que he leído hacia adelante y hacia atrás, ¿qué otra forma hay de hacer el camino, de hacer un libro como este? Sin puntuación que impida el albedrío, pero sin caos que lo flagele. Libro que mira a la tradición y carga con ella hacia delante. Que huye del tradicionalismo sin subirse por las paredes, más bien escudriñando en ellas. Que sin la chatez del coloquialismo ortodoxo, se apropia de él, con lirismo sensible, contenido, fino. Fino va aquí en su acepción más preciada: fineza, delicadeza, distinción.
Imagen de cubierta del libro

Hablaba de una tela que Isaily extiende dibujando y desdibujándonos un camino por el que avanza y pretende llevarnos. Trazos legibles, transparentes, cuidadosos, aunque nunca llanos, y aún menos, simples. Poesía que se afilia al mejor eclecticismo que la lírica cubana ha padecido. Tela del corazón, porque Isaily Pérez, no nos llamemos a engaño, es un poeta romántico, no porque lo amatorio sea centro de este libro, si no, y sobre todo, porque que escribe, cose y borda la utopía que es la vida. Y a ese eclecticismo añado la inusual elegancia que el modernismo nos legó, esa dama de la almendra que no solo obedece al trabajo con la palabra, tan descuidado hoy, si no con el regusto por la frase, el giro, la cadencia, el sonido, la imagen, hasta despreciados en estos días, y que destacan en este conjunto, para conferirle otro valor añadido. Y es esta menestra la que otorga a La vida en otra parte su condición post, que nada tiene que ver con la seudovanguardia, con la confusión vanguardista.
Isaily se hace de un idioma propio, carismático, al que uno se acomoda apenas comienzan a desplegarse imágenes fictivas y espacios míticos sobredimensionados, extrapolados o simplemente adscritos con realismo a su imaginario, unidos al juego intertextual que no va a sumarse como cita, sino que, asimilado por una poética autenticada, deviene legítimo, sin afeites de apropiación. Sutil Eliseo Diego, más velado San Juan de la Cruz o explícito Raúl Hernández Novás, revelan una filiación espiritual que se explaya hacia zonas en que la poesía más reciente no encuentra siempre feliz asidero, creo, precisamente, porque son suposiciones y en estos poemas no hay supuesto.
La brevedad de este cuaderno no es un efecto físico. Su alcance tiene la de cualquier ejemplar voluminoso, y más que muchos abultados fárragos. La vida en otra parte responde a un concepto cercano al de la antigua poesía japonesa, especialmente al haiku. No solo en los cuatro textos que componen “Las telas del corazón”, que se afilian a esa filosofía de apresar la eternidad de un instante supremo con ímpetu natural, primitivo, y total austeridad poética, si no en la esencia de todo el cuaderno que, sin seguir esas formas estróficas, —entre otras cosas, por la infidelidad per se que ello supone— sí parece haber recibido de Ezra Pound y el imaginismo, y más acá de los que en nuestro idioma se han acercado a esas lacónicas zonas en que poesía y filosofía se articulan (Paz, Borges y otros), un influjo fructuoso.
René Coyra, ese editor certero, navegante incansable, alejado de la mesa de redacción, que insiste en su labor de gestor y promotor de la buena literatura, vuelve a conquistarnos con su trabajo. Así las ilustraciones de Erich Domenech. Así el trabajo de Ediciones Aldabón conducido por el poeta Israel Domínguez. Suerte que ha tenido Isaily de ver su poesía en ropaje hermoso aunque austero.
Apuesto por Isaily, que ha sido muchas veces, y hoy seguro lo es, la dama del almendro que, sin que apenas le enviáramos algo, mucho nos ha devuelto.

Alfredo Zaldívar,
en Matanzas, a 27 de enero y 2010, a las 11 y 29 am